Lo primero que cabe destacar es un notable trabajo por parte del guionista Brian Godawa, que consigue transmitir de forma creíble y no forzada una auténtica y convincente experiencia del hecho cristiano, sin caer en la retórica y los diálogos abstractos. En la película se hace evidente, y esto es fundamental, cómo el cristianismo no es un discurso, unas reglas morales o una creencia sentimental y privada; sino un hecho, algo que acontece en la experiencia personal y que todos pueden ver y por tanto posicionarse frente al mismo, tal y como ocurre a lo largo de la historia.
Gordon (Ciarán McMenamin) es hecho preso junto con sus compañeros y debido a la fatiga y las condiciones infrahumanas del trabajo forzado, cae rápidamente en enfermedad. Al borde de la muerte, nadie cree que sobreviva y sólo los cuidados de Dusty (Mark Strong), un misterioso preso que parece ser el único que mantiene una mirada de esperanza y buena; le consiguen salvar. De hecho Dusty es el único que se encarga de cuidar un pequeño altar en el bosque y de enterrar los cuerpos de los muertos. Es aquél que mantiene despierta la dimensión espiritual en todos, que ofrece lugares para que la vida no sea un sobrevivir, sino un saber para qué se vive. La milagrosa recuperación de Gordon da esperanzas a los demás presos y cambia por completo al personaje.
Gordon, porque ha recibido esto de Dusty, será quien lo haga. Su pasión por la vida, renovada por la esperanza que Dusty transmite, le hace montar una “universidad de la jungla”, lugar que deviene punto de referencia para los hombres, pues es donde estudiando empiezan a entender la correspondencia entre las propias exigencias y el descubrimiento de la realidad como algo a la altura de darles respuesta; ya sea a través de la música, la filosofía, la pintura, etc. El gusto por la vida se recobra a través de una relación carnal, de una mirada humana y de ahí nace como en un bucle virtuoso un gusto por el saber, por conocer más esa realidad que se está desvelando, contra todo pronóstico, bella y verdadera. Incluso en un contexto malo como es el de una guerra, se ve que el origen del que parte el protagonista es bueno, él como afirma al principio, quiere acabar con todas las guerras, por ello luchará –de ahí el título–.
Es asombroso ver cómo a partir de uno que ve algo verdadero y bueno, se puede salvar a una comunidad entera incluso en las peores condiciones imaginables. Además, es significativo que los momentos que los presos tienen para estar juntos no son una mera evasión de la dura realidad. Bien al contrario, la realidad no se suaviza, pues siguen siendo esclavos, pero la dinámica de sus vidas y la forma en que se comportan cambia radicalmente, hasta el punto que consiguen trabajar mejor y más rápido, acabando el ferrocarril 6 meses antes de lo previsto. Hasta tal punto es la novedad introducida por Gordon evidente, que incluso los generales nipones -que se rigen por el código Bushido donde sólo el honor y la jerarquía importan relegando a la persona a un segundo plano- se dan cuenta. También ellos deberán posicionarse y algunos lo rechazarán, como el capitán Ito (Sakae Kimura) y otros lo acogerán con sencillez, entendiendo la correspondencia del bien para la propia vida, como el traductor Takashi Nagase (Yugo Saso).
Posturas bien contrarias se encuentran en el mayor Ian Campbell (Robert Carlyle), que tras la muerte del capitán queda “al mando” del regimiento. Su odio constante y su ceguera para con lo que les sucede al resto de compañeros, hace que durante la película los traicione y sólo se guíe por sí mismo, maquinando un plan para escapar y acabar con la vida de sus captores. Su intento de fuga sale mal y él y sus secuaces son condenados a muerte, momento en que Dusty introduce el sacrificio de la forma más evidente –pues toda la película ya es una muestra de cómo el sacrificio propio y para con los demás salva a la propia persona–, dando su vida –justa–, por la del hombre injusto –Campbell–. Será crucificado para ridiculizarlo, puesto que los japoneses consideran la Biblia superstición. Sin embargo, igual que en la parábola del grano de mostaza, la semilla al morir da aún más fruto y se convierte en catalizador de conversión para gran parte de los presos. Sus vidas son constantemente cambiadas y provocadas por un torrente de hechos y una forma de vida inconmensurable e inexplicable, pero completamente identificable. Basta la sencillez de reconocerlo.
Otros personajes, que al inicio tienen una actitud egoísta –aunque perfectamente razonable dadas las circunstancias– encuentran su paradigma en el teniente Jim Reardon (Kiefer Sutherland), que tras ver la nulidad y el castigo que conllevan sus actos, reconoce de forma clara el bien que hay en los compañeros que siguen a Gordon y acaba siendo uno de los más claros exponentes de amor humilde y sacrificado por los demás en el grupo. La película es provocadora e inteligente, pues lejos de responder teóricamente a las preguntas que lanza, como ¿quién es el hombre justo o qué es la justicia –frase que acompaña durante toda la película y que mencionan durante sus lecciones de filosofía platónica–?; deja la pregunta en el aire, haciendo que sean los propios personajes, con sus actos, los que respondan.
Paradójicamente, se hace evidente cómo la libertad no sucede por hacer lo que uno quiere y acometer los propios planes; sino que es más libre el que es más capaz de ser plenamente humano, quien reconoce más verdaderamente, sean cuales sean las circunstancias, los deseos originales y constituyentes que definen la naturaleza humana. Así pues, el hombre que conoce el sentido y el significado de la existencia, no puede ser sometido por ningún poder, porque su vida trasciende lo elemental. Sólo en este contexto, el sacrificio hasta el dar la vida por los amigos tiene sentido. La esperanza ya no reside en poder escapar, sino en entender que la vida es un bien, que la realidad tiene un fondo bueno incluso en una situación tan miserable. De forma increíble, los presos aprenden a vivir, entendiendo que la liberación, más allá de si saldrán o no vivos, pasa por el perdón de sus captores y por la irrenunciable fidelidad al deseo del corazón de verdad, belleza, justicia y bien. Deseos que en tanto que infinitos traspasan la mera apariencia de lo cotidiano y hacen de la vida un constante signo hacia lo eterno. Una película que sin duda deja inquieto al espectador, porque si esto ha sucedido de verdad ¿qué tipo de experiencia permite una vida así?
Marc Massó